Morfeo y mis secretos
Quiero contarte mis secretos
esos que nadie debe saber
y no encuentro mejor modo
que escribirlos en papel
La luna está de acuerdo
no ha puesto ningún reparo
y ya sabes que es muy celosa
me quiere siempre a su lado
Pero de repente aparece Morfeo
y sin preguntarme me lleva con él
quizás lo ha mandado la luna
por temor a llegarme a perder
Ya me extrañaba que aceptara
y estuviera de acuerdo esta vez
no me deja ni a sol ni a sombra
con ella siempre me quiere tener.
Noches de luna llena
Aquí estoy esperando tu señal
me he convertido en ángel
para llegar a tu lado
y ni siquiera sé volar
Baja tú por esta vez
no te hagas suplicar
envuélveme con tu brillo
y llévame al más allá
Si esta noche vienes a mí
y me conviertes en tu estrella preferida
aprenderé a volar rápidamente
para estar siempre en tu vida.
Aquarela
No quiero dejar de recordarte,
pero tu indiferencia me impulsa a hacerlo.
Tu imagen la cual sentí grabada con fuego,
se esta desvaneciendo
igual que una acuarela lanzada al agua
veo tu imagen borrosa
arrancándose punto a punto
para llegar a ser solo un conjunto de trazos
Lentamente los colores se disuelven
y al sumergirme en el agua para apreciar esperaba
ver el agua manchada
pero solamente conseguí
que todo mi lo que me rodea se llene de ti.
Confío en encontrar mi felicidad
y en desgastar todas las barreras que me alejaban de ti
que llegue el tiempo indicado para ofrecerte
que caminemos ese sendero juntos
aunque sean unos instantes poder reír
sostener tu mano y hacer el momento un infinito.
Por el ahora guardare ese lienzo marchito
para poder pintar una historia contigo.

Escarabajos dorados en la calle Huertas. Anne Fatosme.
![276janfabre15[1] 276janfabre15[1]](http://entrelocos.files.wordpress.com/2009/11/276janfabre151.jpg?w=255&h=235)
Jan Fabre
Como todos los martes, a las doce en punto, María introduce la llave en la cerradura de la puerta de su estudio. Al entrar en la habitación bañada por la luz que cae a raudales por el techo de cristal, su corazón se expande desafiando los límites de la caja torácica.
Deja caer el bolso al suelo. Tras unas breves sacudidas, los zapatos de tacón siguen el mismo camino. Conforme va avanzando en la buhardilla, tibia de sol, María se va despojando de capas de ropa hasta quedarse desnuda. Libre de trabas se acerca al sarcófago, translúcido y siempre alumbrado, situado en medio de la habitación. Levanta la tapa de cristal y con una pinza larga extrae un escarabajo, escogido al azar, entre la masa azul verdosa que pulula, se enreda, copula, naufraga y renace, babosa, rodeada de rigidez mineral. Lo deposita en un bote de vidrio, colgado del caballete a la altura de los ojos, y cierra la tapa de aumento. La cara pegada al envase observa las alas delanteras, duras como escudos. De la repisa, coge un pincel con delicadeza, lo sujeta entre el pulgar y el índice apoyándolo sobre el dedo corazón. Lo carga de oleo azul turquesa y pinta una armadura sobre el lienzo en blanco. Se fija en las antenas en perpetuo movimiento, en las mandíbulas desmesuradas, abriéndose, cerrándose, abriéndose, cerrándose, con mecanismo de coronas dentadas. Dibuja una máscara de samurái devorada por una boca, redonda y negra, carente de ojos y erizada de pinchos. María trabaja con precisión de orfebre. La tarde se va extinguiendo tiñendo la habitación de azul tinta. Con gesto litúrgico enciende enormes cirios, comprados en una tienda de objetos sacros. Observa su trabajo invadido por las sombras. Levanta la vista y contempla las paredes donde cuelgan decenas de cuadros de escarabajos azul turquesa relamidos por la luz fluctuante de las velas y la del sarcófago, movediza y rampante.
María desenrosca la tapa del bote de cristal. El escarabajo asfixiado, yace boca arriba. Las patas se agitan frenéticas, braceando baba. Con mano de estatua le da la vuelta al caparazón y lo coge por las puntas de las alas erectas. Abre el sarcófago, se agacha y lo suelta. Promulgada sacerdotisa de los escarabajos, hunde los brazos en la masa movediza y siente con delectación un cosquilleo alado subir por sus brazos irisados y deslizarse por la crisálida de su cuerpo.
Una rosa herida

Estoy sentada delante del ordenador
Este aparato que hace que me acerque a ti
En el cual desnudo mis sentimientos
Sin pudor, tan solo un simple lamento
Escribo arañando letras a mi corazón
Que brotan de una rosa herida
Sé que quizás no las leas jamás
Porqué nunca me perdonarás
Yo ya te he perdonado hace tiempo
Todo lo que te dije, lo lamento
Pero me encontré sola y desamparada
En el momento que más te necesitaba
Pero con el tiempo todo se pone en su sitio
Espero que ese día llegues a comprenderme
Me queda la libertad de mis pensamientos
En el cual tú siempre estarás presente.
Poemas aditivos

Me gustan los hombres que escriben poemas
Que fabulan e inventas historias de amor
En sus escritos lanzan dardos aditivos
Que siempre alcanzan sus objetivos
Algunas veces me dan en el corazón
Otras veces solo me hieren la razón
Me envuelven en una dulce locura
Me llenan de besos y falsa ternura
No hago nada para apartarme de ellos
Soy presa de sus engaños y juegos
Pero no seré yo quién les culpe de nada
Yo me defiendo de la misma manera
Invento y fabulo lo mismo que ellos
Enveneno mis versos con pasión y fuego
Y dan en el blanco en su justo momento
Los poemas no pertenecen a nadie
Simplemente nos adueñamos de ellos.
Tú eres mi adicción

Tú eres mi droga y mi deseo
Te has metido en mis venas lentamente
Hasta llegar a mi frágil corazón
Eres mi adicción prohibida
Eres el río de mi vida
En el navegan mis pasiones
En el se calma mi fuego
He de apartarte de mi vida
Pero es más fuerte mi adicción
No hay antídoto que la cure
No quiero curarme de tu amor.
Elucubraciones veraniegas. Anne Fatosme

Atrás queda la lluvia.
Delante, un pie jugueteando en un charco.
Cinco dedos en abanico,
peana resbaladiza de un cuerpo
de mujer, fijada en la espera
de una mañana clara.
Los días se escapan,
hierbas horizontales
acariciadas por la velocidad,
de un coche descapotable.
Bocanadas de aire tamizadas
a la sombra de un tamarindo,
luminosas en el hueco de un hombro,
o negras y estrechas
como zulo en el país vasco.
Azul letal en Marienbad
o verano gris en Finlandia.
Cinco instantáneas superpuestas,
retocadas con fotoshop.
Cielo inmenso convergente en un charco,
ojo de pez contaminado por algas microscópicas,
Mediterraneo encogido,
a mis pies.




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