Elucubraciones veraniegas. Anne Fatosme

 

Fermanville

Atrás queda la lluvia.

Delante, un pie jugueteando en un charco.

Cinco dedos en abanico,

 peana resbaladiza de un cuerpo

 de mujer, fijada en la espera

de una mañana clara.

Los días se  escapan,

hierbas horizontales

 acariciadas  por la velocidad,

de un coche descapotable.

 Bocanadas de aire tamizadas

 a la sombra de un tamarindo,

 luminosas en el hueco de un hombro,

 o negras y estrechas

como  zulo en el país vasco.

 Azul  letal en Marienbad

 o verano gris en Finlandia.

 Cinco instantáneas  superpuestas,

 retocadas con fotoshop.

 Cielo inmenso convergente en un charco,

ojo de pez contaminado por algas microscópicas,

Mediterraneo encogido,

a mis pies.

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Explorando nubes o las divagaciones de una colega muerta de sueño.

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Nubes

Viajar de Madrid a América del Sur, aunque sea en avión, es un viaje muy largo. Me entretengo mirando por la ventanilla. La luz se estira obviando la noche. La geografía caprichosa de las nubes se mueve al ritmo cambiante de mi ensoñación. Me deslizo sin miedo en un mundo desconocido sin brújula ni porteadores. Asciendo, ligera, hasta cumbres borrascosas, densas y quebradas. Turista furtiva, bautizo solemnemente los imponentes riscos con nombres de escritores caligrafiados en el alma. Ajenos a envidias terrenales se hacen, deshacen y juntan al ritmo de corrientes oceánicas. Un remolino de aire me aspira con fuerza. Planeo encima de un valle difuminado en la niebla. Cascadas de teclas brillantes pulsadas por desconocidos salpican la superficie de ríos de plasma. Escritores de blogs. Apasionados y libres .

Recreo

Alan Jaras

Alan Jaras

Agárrame fuerte, vamos a jugar. No te preocupes por la hora, el tiempo nos envuelve. Dale una vuelta al cerrojo. Abre mi corazón con la llave de ayer. Dame un beso sin trabas, ya no suenan las cadenas. Deja al loco, tiritando de frío en un amanecer helado. Déjalo en su colina rodeada de abismos oscuros. Ven, vamos a jugar en el país de los niños. Mi cabeza gira como una peonza entre campos infinitos dorados por el sol de tus cabellos. Nos acostamos entrelazados entre flores, semillas de cielo azul, de camino a Orión. Lugar de mi recreo. Ángel.
PS: Para Antonio Vega

Dos meses más tarde, cien años más viejos

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Bar del Hotel Letetia. Alain Bouldouyre

Primera parte
Marc paseaba por los Jardines de Luxemburgo. Daba vueltas al estanque como un león enjaulado ajeno a la dulzura del sol de septiembre. Esquivaba, rabioso, las parejas enamoradas de andares torpes y sin embargo tan delicadamente entrelazadas. Los gritos de los niños jugando le exasperaban. La belleza rojiza de los arboles lo llenaba de melancolía y la suma de todos estos elementos acentuaba aun más la insoportable rigidez de la mandíbula. Rememoraba obsesivamente aquella noche de julio en la que la había conocido. Estaba tomando una copa en el bar del Lutecia después de un frustrante día de trabajo. Estaba preocupado. La negociación había sido dura. Había conseguido la renovación Sigue leyendo

Hortensia

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El jardín de atrás. Antonio López

Hortensia cerraba por última vez la puerta de su casa. La madera de pino  había ido cediendo  dejando en el suelo de losetas rojas unos arañazos en forma de abanico. Agarró con las manos deformadas por la artrosis el pomo de la puerta y empezó a  arquear la espalda hacia atrás luchando con los tablones desvencijados.  Se incorporó de golpe al oír el chirriar de las ruedas de una excavadoras  acercándose. Mañana   derribarían la colonia de casitas asilvestradas.

Había pasado la tarde montando guardia  sentada encima de su silla de enea deshecha por el uso. La parra que su marido había plantado cuarenta años atrás, la había protegido del sol de otoño. Un racimo de uvas se escondía debajo de las hojas cubiertas de mildiu. Extendiendo el brazo Sigue leyendo

Bárbara 2006

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Mujer azul. Picasso

Lo cierto es que la imagen devuelta por el espejo le produjo un cosquilleo de placer: el traje de chaqueta gris azulado de Armani  resaltaba su exquisita figura, su cutis ligeramente bronceado, su melena cobriza, sus ojos color miel… Bárbara se acercó complacida hacia su reflejo. En la cercanía observó, consternada, una cara tirante de cansancio ennegrecida por dos profundas ojeras. Empezó a pintarse a grandes brochazos con pulso tembloroso. Cuando empuño el lápiz de labios,  último retoque, lo hizo con gesto firme. Al salir del baño tropezó brutalmente con un lateral de la cama de matrimonio. Si no hubiese sido por la visión del edredón ligeramente entreabierto en el lado izquierdo, el suyo, el lecho  hubiera tenido un aspecto impoluto. Agarró con rabia el bolso de Gucci, tirado de  madrugada, encima de la almohada de Pedro, estirada y fría. Le aguijoneaba un dolor  punzante en la rodilla y el escozor de un  matrimonio fallido Sigue leyendo

Bárbara 2009. Por Anne Fatosme

cementerio 

                           Jean Olivier Hucleux

R.I.P

Bárbara X

1976 – 2006

 

 El siete de abril del 2006, Bárbara, al pisar el acelerador de su deportivo, alcanzó los 180 kilómetros por hora en una fracción de segundo. Al entrar en el túnel de Alfonso XII, sonó el móvil. Sujetó el volante con una mano y con la otra rebusco el portátil en el fondo del bolso. Al mismo tiempo intentó levantar el pie del acelerador. No pudo al quedarse enganchado el tacón del zapato de aguja en una ranura de la alfombrilla. Bárbara, por primera vez en su vida, no supo controlar la situación. El bólido, con el depósito rebosante de gasolina se empotró contra una pared de cemento. Empezó a arder de inmediato. Al llegar los bomberos quedaba un amasijo de hierros retorcidos y humeantes. El túnel olía a parrillada y goma quemada. Después de descuartizar la chapa con sierra eléctrica consiguieron sacar unos trozos de piel carbonizados pegados a un esqueleto. El oro blanco del reloj de muñeca se había fundido, cercando un hueso ennegrecido. Los brillantes refulgaban  bajo la luz de los proyectores. Protegido por una esfera intacta, el mecanismo suizo de última generación seguía marcando el tiempo con puntualidad británica.