Son peligrosas…

No todas tienen esa cualidad en su arsenal, esa que es difícil de definir y de etiquetar. Es como si ellas mismas fueran la fuente de toda la intensidad que tienen las cosas. Las que con una mirada hacen que replantees todo lo que das por cierto. Que con verlas moverse alegremente entre las olas, uno podría fácilmente confundirlas con aquellas sirenas que atraían a los argonautas hacia su fatal destino.

Son esas mujeres que mojan sus palabras en miel, para que éstas permanezcan más tiempo en tus oídos. Las mujeres que parecieran estar hechas de lo mismo que el amor, porque te hacen sentir los mismos síntomas (si vemos el amor como una enfermedad, quizás la única deseable); hacen levitar tu estómago, y traen cosquillas a cada célula de tu piel, haciendo que sientas que estás frente a algo que es sagrado.

Están armadas, estas mujeres, de cuerpos únicos como obras de arte. No esos que vemos en la televisión, todos iguales y hermosos como pueden serlo los productos que se fabrican en serie. Estoy hablando de esos cuerpos de los que pareciera brotar una sensualidad única, especial y casi química. Como si al verlos, cada fragmento de nuestra alma sintiera el más intenso de los impulsos de separarse de nosotros y tocarlas. Transmiten una sensación de fatalidad, si sentimos que no lo tocaremos nunca.

Son esas mujeres que pueden ser coquetas y actuar despreocupadas de su aspecto, esas cuyo esplendor permanece inmutable sin importar la situación. Tienen esa gracia imposible de tocar, ese balance perfecto entre un alma ligera y un exterior hermoso que solo se halla en las obras de arte que cambian la historia, y convierten a sus personajes en hitos que permanecen en el tiempo.

Su belleza es única y a la vez es universal, una contradicción que es la nota más dulce de su existencia. Son mujeres que pertenecen a otro género, porque el de femenino no les alcanza. Son divinas, y su santuario son los recuerdos que las contienen. Sus sonrisas nos hacen olvidar cualquier pesar, y su actitud invencible es contagiosa.

Sus besos causan amnesia, y sus caricias dependencia. Si nos toman de la mano, podrán llevarnos donde quieran, porque ya no podremos ejercer con cordura una sana resistencia. Si enredan sus dedos en nuestro pelo, enredarán también nuestros sentimientos. Cada beso, cada caricia, cada sonrisa, nos marca de una manera que no es natural, como si después de ellos nuestras vidas cambiaran para siempre, como si todo lo que éramos antes de ese beso, de esa caricia, de esa sonrisa, se diluyera en la esencia misma del universo.