Maldito Invierno


“… Se estaba quedando solo y él lo sabia. Sus familiares habian ido muriendo, despacio al principio; pero cuando el invierno arreció, pocos pudieron soportarlo. Ahora solamente habia un pequeño grupo en su antes numerosa familia y de seguro, lo mismo ocurria en otros lugares del pais.
No era una visión nada placentera la de ver cuerpos helados y casi momificados, unos vestidos por completo y otros a medio vestir o totalmente desnudos; pues sus ropas habian sido tomadas por los familiares que aún vivian.
Recordó el momento cuando murieron sus padres y cómo los acostaron en sus heladas camas, sin otro abrigo que las pocas ropas que les servian de mortaja y cómo después, él mismo cerró con llave la puerta de aquella habitación.
Así mismo fueron haciendo cada vez que moría alguien en la casa, hasta que todas las habitaciones quedaron clausuradas. Luego, alguien tuvo la idea de usar el sótano para albergar los cadáveres; pero como alli no habia camas ni mesas, no tenian otra opción que depositarlos en el duro suelo… “.
Esto escribió Harry en el cuaderno, donde iba contando sus experiencias, cuando la temperatura del planeta cambió brutalmente, haciendo que todas las estaciones se convirtieran en un único invierno. Mucha gente no soportaba y moria. La comida casi se terminaba y el combustible era cada vez más escaso.
Entonces, levantó la mirada y le pareció descubrir un cierto brillo culpable en los ojos de sus compañeros.

Explorando nubes o las divagaciones de una colega muerta de sueño.

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Nubes

Viajar de Madrid a América del Sur, aunque sea en avión, es un viaje muy largo. Me entretengo mirando por la ventanilla. La luz se estira obviando la noche. La geografía caprichosa de las nubes se mueve al ritmo cambiante de mi ensoñación. Me deslizo sin miedo en un mundo desconocido sin brújula ni porteadores. Asciendo, ligera, hasta cumbres borrascosas, densas y quebradas. Turista furtiva, bautizo solemnemente los imponentes riscos con nombres de escritores caligrafiados en el alma. Ajenos a envidias terrenales se hacen, deshacen y juntan al ritmo de corrientes oceánicas. Un remolino de aire me aspira con fuerza. Planeo encima de un valle difuminado en la niebla. Cascadas de teclas brillantes pulsadas por desconocidos salpican la superficie de ríos de plasma. Escritores de blogs. Apasionados y libres .

El Paraguas (relato breve)

(Alrededor de 1978…)
Me puse a esperar el colectivo setenta, que me llevaría como todos los días desde mi casa de Barracas al Sur hasta mi trabajo.
Eran las siete de la mañana cuando negros nubarrones encapotaban el cielo. Cuando el colectivo llegó a mi parada de parque Pereyra comenzó a desatarse la tormenta.
Las primeras gotas comenzaron a mojar mi pelo, mi blusa, mi pollera y mis sandalias, y me arrepentí de no haber traído paraguas.
Odiaba las tormentas de verano… esos días que comenzaban tan deprimentes.
En el parque la desolación era absoluta.
Cuando subí al colectivo sentí un alivio. Al menos quedaba un asiento, en el último de los de a dos.
Enfilé hacia él.
Me senté al lado de un tipo con apariencia de ejecutivo, y comencé a mirar nerviosamente por la ventanilla. La lluvia era torrencial.
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Recreo

Alan Jaras

Alan Jaras

Agárrame fuerte, vamos a jugar. No te preocupes por la hora, el tiempo nos envuelve. Dale una vuelta al cerrojo. Abre mi corazón con la llave de ayer. Dame un beso sin trabas, ya no suenan las cadenas. Deja al loco, tiritando de frío en un amanecer helado. Déjalo en su colina rodeada de abismos oscuros. Ven, vamos a jugar en el país de los niños. Mi cabeza gira como una peonza entre campos infinitos dorados por el sol de tus cabellos. Nos acostamos entrelazados entre flores, semillas de cielo azul, de camino a Orión. Lugar de mi recreo. Ángel.
PS: Para Antonio Vega

Dos meses más tarde, cien años más viejos

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Bar del Hotel Letetia. Alain Bouldouyre

Primera parte
Marc paseaba por los Jardines de Luxemburgo. Daba vueltas al estanque como un león enjaulado ajeno a la dulzura del sol de septiembre. Esquivaba, rabioso, las parejas enamoradas de andares torpes y sin embargo tan delicadamente entrelazadas. Los gritos de los niños jugando le exasperaban. La belleza rojiza de los arboles lo llenaba de melancolía y la suma de todos estos elementos acentuaba aun más la insoportable rigidez de la mandíbula. Rememoraba obsesivamente aquella noche de julio en la que la había conocido. Estaba tomando una copa en el bar del Lutecia después de un frustrante día de trabajo. Estaba preocupado. La negociación había sido dura. Había conseguido la renovación Sigue leyendo

Hortensia

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El jardín de atrás. Antonio López

Hortensia cerraba por última vez la puerta de su casa. La madera de pino  había ido cediendo  dejando en el suelo de losetas rojas unos arañazos en forma de abanico. Agarró con las manos deformadas por la artrosis el pomo de la puerta y empezó a  arquear la espalda hacia atrás luchando con los tablones desvencijados.  Se incorporó de golpe al oír el chirriar de las ruedas de una excavadoras  acercándose. Mañana   derribarían la colonia de casitas asilvestradas.

Había pasado la tarde montando guardia  sentada encima de su silla de enea deshecha por el uso. La parra que su marido había plantado cuarenta años atrás, la había protegido del sol de otoño. Un racimo de uvas se escondía debajo de las hojas cubiertas de mildiu. Extendiendo el brazo Sigue leyendo

Bárbara 2006

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Mujer azul. Picasso

Lo cierto es que la imagen devuelta por el espejo le produjo un cosquilleo de placer: el traje de chaqueta gris azulado de Armani  resaltaba su exquisita figura, su cutis ligeramente bronceado, su melena cobriza, sus ojos color miel… Bárbara se acercó complacida hacia su reflejo. En la cercanía observó, consternada, una cara tirante de cansancio ennegrecida por dos profundas ojeras. Empezó a pintarse a grandes brochazos con pulso tembloroso. Cuando empuño el lápiz de labios,  último retoque, lo hizo con gesto firme. Al salir del baño tropezó brutalmente con un lateral de la cama de matrimonio. Si no hubiese sido por la visión del edredón ligeramente entreabierto en el lado izquierdo, el suyo, el lecho  hubiera tenido un aspecto impoluto. Agarró con rabia el bolso de Gucci, tirado de  madrugada, encima de la almohada de Pedro, estirada y fría. Le aguijoneaba un dolor  punzante en la rodilla y el escozor de un  matrimonio fallido Sigue leyendo