Son peligrosas…

No todas tienen esa cualidad en su arsenal, esa que es difícil de definir y de etiquetar. Es como si ellas mismas fueran la fuente de toda la intensidad que tienen las cosas. Las que con una mirada hacen que replantees todo lo que das por cierto. Que con verlas moverse alegremente entre las olas, uno podría fácilmente confundirlas con aquellas sirenas que atraían a los argonautas hacia su fatal destino.

Son esas mujeres que mojan sus palabras en miel, para que éstas permanezcan más tiempo en tus oídos. Las mujeres que parecieran estar hechas de lo mismo que el amor, porque te hacen sentir los mismos síntomas (si vemos el amor como una enfermedad, quizás la única deseable); hacen levitar tu estómago, y traen cosquillas a cada célula de tu piel, haciendo que sientas que estás frente a algo que es sagrado.

Están armadas, estas mujeres, de cuerpos únicos como obras de arte. No esos que vemos en la televisión, todos iguales y hermosos como pueden serlo los productos que se fabrican en serie. Estoy hablando de esos cuerpos de los que pareciera brotar una sensualidad única, especial y casi química. Como si al verlos, cada fragmento de nuestra alma sintiera el más intenso de los impulsos de separarse de nosotros y tocarlas. Transmiten una sensación de fatalidad, si sentimos que no lo tocaremos nunca.

Son esas mujeres que pueden ser coquetas y actuar despreocupadas de su aspecto, esas cuyo esplendor permanece inmutable sin importar la situación. Tienen esa gracia imposible de tocar, ese balance perfecto entre un alma ligera y un exterior hermoso que solo se halla en las obras de arte que cambian la historia, y convierten a sus personajes en hitos que permanecen en el tiempo.

Su belleza es única y a la vez es universal, una contradicción que es la nota más dulce de su existencia. Son mujeres que pertenecen a otro género, porque el de femenino no les alcanza. Son divinas, y su santuario son los recuerdos que las contienen. Sus sonrisas nos hacen olvidar cualquier pesar, y su actitud invencible es contagiosa.

Sus besos causan amnesia, y sus caricias dependencia. Si nos toman de la mano, podrán llevarnos donde quieran, porque ya no podremos ejercer con cordura una sana resistencia. Si enredan sus dedos en nuestro pelo, enredarán también nuestros sentimientos. Cada beso, cada caricia, cada sonrisa, nos marca de una manera que no es natural, como si después de ellos nuestras vidas cambiaran para siempre, como si todo lo que éramos antes de ese beso, de esa caricia, de esa sonrisa, se diluyera en la esencia misma del universo.

Explorando nubes o las divagaciones de una colega muerta de sueño.

80583743[1]

Nubes

Viajar de Madrid a América del Sur, aunque sea en avión, es un viaje muy largo. Me entretengo mirando por la ventanilla. La luz se estira obviando la noche. La geografía caprichosa de las nubes se mueve al ritmo cambiante de mi ensoñación. Me deslizo sin miedo en un mundo desconocido sin brújula ni porteadores. Asciendo, ligera, hasta cumbres borrascosas, densas y quebradas. Turista furtiva, bautizo solemnemente los imponentes riscos con nombres de escritores caligrafiados en el alma. Ajenos a envidias terrenales se hacen, deshacen y juntan al ritmo de corrientes oceánicas. Un remolino de aire me aspira con fuerza. Planeo encima de un valle difuminado en la niebla. Cascadas de teclas brillantes pulsadas por desconocidos salpican la superficie de ríos de plasma. Escritores de blogs. Apasionados y libres .

El Paraguas (relato breve)

(Alrededor de 1978…)
Me puse a esperar el colectivo setenta, que me llevaría como todos los días desde mi casa de Barracas al Sur hasta mi trabajo.
Eran las siete de la mañana cuando negros nubarrones encapotaban el cielo. Cuando el colectivo llegó a mi parada de parque Pereyra comenzó a desatarse la tormenta.
Las primeras gotas comenzaron a mojar mi pelo, mi blusa, mi pollera y mis sandalias, y me arrepentí de no haber traído paraguas.
Odiaba las tormentas de verano… esos días que comenzaban tan deprimentes.
En el parque la desolación era absoluta.
Cuando subí al colectivo sentí un alivio. Al menos quedaba un asiento, en el último de los de a dos.
Enfilé hacia él.
Me senté al lado de un tipo con apariencia de ejecutivo, y comencé a mirar nerviosamente por la ventanilla. La lluvia era torrencial.
Sigue leyendo

Recreo

Alan Jaras

Alan Jaras

Agárrame fuerte, vamos a jugar. No te preocupes por la hora, el tiempo nos envuelve. Dale una vuelta al cerrojo. Abre mi corazón con la llave de ayer. Dame un beso sin trabas, ya no suenan las cadenas. Deja al loco, tiritando de frío en un amanecer helado. Déjalo en su colina rodeada de abismos oscuros. Ven, vamos a jugar en el país de los niños. Mi cabeza gira como una peonza entre campos infinitos dorados por el sol de tus cabellos. Nos acostamos entrelazados entre flores, semillas de cielo azul, de camino a Orión. Lugar de mi recreo. Ángel.
PS: Para Antonio Vega

Dos meses más tarde, cien años más viejos

hotel-lutecia-bar

Bar del Hotel Letetia. Alain Bouldouyre

Primera parte
Marc paseaba por los Jardines de Luxemburgo. Daba vueltas al estanque como un león enjaulado ajeno a la dulzura del sol de septiembre. Esquivaba, rabioso, las parejas enamoradas de andares torpes y sin embargo tan delicadamente entrelazadas. Los gritos de los niños jugando le exasperaban. La belleza rojiza de los arboles lo llenaba de melancolía y la suma de todos estos elementos acentuaba aun más la insoportable rigidez de la mandíbula. Rememoraba obsesivamente aquella noche de julio en la que la había conocido. Estaba tomando una copa en el bar del Lutecia después de un frustrante día de trabajo. Estaba preocupado. La negociación había sido dura. Había conseguido la renovación Sigue leyendo

Hortensia

el-jardin-de-atras-antonio-lopez3

El jardín de atrás. Antonio López

Hortensia cerraba por última vez la puerta de su casa. La madera de pino  había ido cediendo  dejando en el suelo de losetas rojas unos arañazos en forma de abanico. Agarró con las manos deformadas por la artrosis el pomo de la puerta y empezó a  arquear la espalda hacia atrás luchando con los tablones desvencijados.  Se incorporó de golpe al oír el chirriar de las ruedas de una excavadoras  acercándose. Mañana   derribarían la colonia de casitas asilvestradas.

Había pasado la tarde montando guardia  sentada encima de su silla de enea deshecha por el uso. La parra que su marido había plantado cuarenta años atrás, la había protegido del sol de otoño. Un racimo de uvas se escondía debajo de las hojas cubiertas de mildiu. Extendiendo el brazo Sigue leyendo

Bárbara 2006

picasso-mujer-azul-1901

Mujer azul. Picasso

Lo cierto es que la imagen devuelta por el espejo le produjo un cosquilleo de placer: el traje de chaqueta gris azulado de Armani  resaltaba su exquisita figura, su cutis ligeramente bronceado, su melena cobriza, sus ojos color miel… Bárbara se acercó complacida hacia su reflejo. En la cercanía observó, consternada, una cara tirante de cansancio ennegrecida por dos profundas ojeras. Empezó a pintarse a grandes brochazos con pulso tembloroso. Cuando empuño el lápiz de labios,  último retoque, lo hizo con gesto firme. Al salir del baño tropezó brutalmente con un lateral de la cama de matrimonio. Si no hubiese sido por la visión del edredón ligeramente entreabierto en el lado izquierdo, el suyo, el lecho  hubiera tenido un aspecto impoluto. Agarró con rabia el bolso de Gucci, tirado de  madrugada, encima de la almohada de Pedro, estirada y fría. Le aguijoneaba un dolor  punzante en la rodilla y el escozor de un  matrimonio fallido Sigue leyendo